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El corazón a mil, la sensación de no poder respirar, el convencimiento de que algo grave está pasando. Si has vivido un ataque de pánico sabes que es una de las experiencias más aterradoras que existen — y que el miedo a que se repita puede llegar a condicionar tu vida más que la crisis misma.
Un ataque de pánico es un episodio súbito de miedo intenso que suele alcanzar su punto máximo en pocos minutos. Durante la crisis, el cuerpo reacciona como si estuviera ante un peligro real e inminente, aunque no lo haya.
Esa es precisamente la trampa del pánico: la sensación de peligro extremo es absolutamente real para quien la vive, pero no corresponde a un peligro médico real. Saber esto no elimina el miedo en el momento, pero es el primer paso para empezar a romper el ciclo.
Taquicardia, falta de aire, opresión en el pecho, mareo, hormigueo, sudoración, temblores.
Miedo a morir, miedo a perder el control, sensación de irrealidad o despersonalización.
Evitación de lugares o situaciones, necesidad de escapar, búsqueda de seguridad inmediata.
Busca un lugar seguro. Céntrate en alargar la exhalación más que la inhalación. Recuerda: por intensa que sea la sensación, no es médicamente peligrosa y remitirá en minutos. No estás en peligro real.
Después de un primer ataque de pánico, muchas personas desarrollan miedo a que vuelva a ocurrir. Ese miedo anticipatorio genera, paradójicamente, más ansiedad — y la ansiedad puede desencadenar nuevas crisis. Es el llamado ciclo del miedo al miedo, y es exactamente donde trabaja la Terapia Breve Estratégica: en romper ese ciclo, no en aprender a convivir con él.
Cuando este patrón se mantiene en el tiempo, puede derivar en agorafobia: el miedo a estar en lugares o situaciones de los que sería difícil escapar si ocurriera una crisis — transporte público, ascensores, espacios cerrados o llenos de gente.
Detrás de la mayoría de los ataques de pánico suelen identificarse dos núcleos de miedo que se retroalimentan:
El primero es el miedo a morir. Durante la crisis, la taquicardia, la opresión en el pecho o la sensación de no poder respirar activan la interpretación de que algo grave está ocurriendo en el cuerpo. El cerebro interpreta esas señales como peligro real aunque no lo sean. Saber que un ataque de pánico no es médicamente peligroso no elimina el miedo en el momento, pero es el primer paso para trabajarlo.
El segundo es el miedo a perder el control. La persona teme hacer algo inapropiado, desmayarse, volverse loca o no poder funcionar. Este miedo suele generar hipervigilancia sobre las propias reacciones, lo que amplifica los síntomas y perpetúa el ciclo.
Con el tiempo, muchas personas terminan pendientes de sus sensaciones físicas de forma casi permanente: comprobando si el corazón late con normalidad, si la respiración es correcta, si aparece alguna señal de alarma. Es el patrón de monitoreo constante que se observa con frecuencia en quienes llevan meses o años conviviendo con el pánico. La paradoja es que ese escrutinio continuo produce exactamente las sensaciones que se intenta anticipar.
Con la mejor intención, muchas personas adoptan estrategias que, a corto plazo, reducen la angustia pero refuerzan el problema a largo plazo:
No se trata de evitar las crisis a toda costa, sino de eliminar el miedo que las perpetúa.
Trabajamos en comprender qué ocurre realmente durante un ataque de pánico, separando la sensación del peligro real.
Intervenimos directamente en el mecanismo de miedo al miedo que mantiene activa la agorafobia y la evitación.
Vuelves a hacer, paso a paso, lo que habías dejado de hacer: conducir, viajar, salir sin miedo.
Es un episodio súbito de miedo intenso, acompañado de síntomas físicos como taquicardia, falta de aire, mareo u hormigueo. Suele alcanzar su punto máximo en torno a los 10 minutos y remitir en menos de 30 minutos.
No. Aunque la sensación es de peligro extremo, un ataque de pánico no es médicamente peligroso por sí mismo. El miedo a morir durante la crisis es uno de los síntomas más característicos, no un riesgo real.
Es el llamado miedo al miedo: el temor a que vuelva a ocurrir se convierte en sí mismo en una fuente de ansiedad. Aunque a veces no hay un desencadenante evidente, suele existir un patrón de activación previo que el sistema nervioso interpreta como amenaza.
La agorafobia es el miedo a estar en lugares o situaciones de los que sería difícil escapar si ocurriera un ataque de pánico. Suele desarrollarse como consecuencia de crisis de pánico repetidas.
La Terapia Breve Estratégica trabaja directamente sobre el ciclo de miedo al miedo. La decisión sobre medicación corresponde siempre a un médico psiquiatra.
Es un mecanismo de evitación habitual: el cerebro asocia ese contexto con la crisis vivida y genera anticipación de miedo, lo que refuerza la evitación si no se interviene.
Durante un ataque de pánico, la hiperventilación es frecuente: la respiración se acelera y se vuelve más superficial, lo que reduce el CO2 en sangre y genera sensación de falta de aire, mareo y hormigueo. Alargar la exhalación —respirar más lento, no más profundo— es la respuesta más efectiva en ese momento.
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